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El origen de la arquitectura

27 de Octubre de 2009

Los proyectos de Norman Foster tienen como arranque el dibujo sencillo y el lápiz es un instrumento básico en el entorno tecnologizado de su estudio

Torre Swiss de N. Foster

Torre Swiss de N. Foster

Las más grandes arquitecturas se sostienen sobre el gesto primario del dibujo. Los trazos elementales condensan toda la potencia del arte antes de dar paso a un proceso que ya nada tiene que ver con la pretensión de sublimar la materia para hacerla bella y perdurable, ese largo tiempo posterior en el que lo artístico se enturbia con todas las exigencias terrenales que rodean al acto constructivo. El del arquitecto que tantea con el lápiz la forma de abrirse un hueco en la realidad es el momento único de la creación individual. Ninguna tecnología sustituye ese arranque hecho de la conjunción de cerebro, mano y mineral. Y en ese instante reside buena parte de la diferencia entre la arquitectura como expresión elaborada de lo humano y el simple instinto edificatorio.

Norman Foster, arquitecto que abandera un estilo marcado por el peso de lo tecnológico, persevera desde sus inicios en esa destreza primordial sobre la que, unida a un ineludible talento mercantil, se levanta un emporio global. Así lo testimonian los casi doscientos dibujos, resumen de cincuenta años de trayectoria profesional, expuestos hasta hace apenas un mes en la sala que Elena Ochoa, su mujer, ha abierto en Madrid como escaparate de Ivorypress, su editorial de arte. El hombre que tiene a su cargo a más de un centenar de profesionales -plantilla menguada por una crisis de la que no se salvan ni las estrellas- que desarrollan proyectos en todo el mundo ha convertido el grafito en elemento indispensable en su estudio londinense a orillas del Támesis, en el que el portaminas -en su caso, un humilde Pentel amarillo con minas de 0,9 milímetros- es instrumento de trabajo obligado.

Ese empeño en preservar el procedimiento elemental de plasmar la idea sobre el papel con la sola mediación del lápiz guarda estrecha relación con dos exigencias indispensables, a juicio de Foster, para estar a la cabeza de los mejores: pasión y disciplina. Son ingredientes básicos de una trayectoria vital que arranca el 1 de junio de 1935 en un barrio de Manchester y llega hasta el título de lord Foster de Thames Bank, aristocrático reconocimiento de sus méritos profesionales.

Para Foster, la arquitectura fue una forma de redención social, una ocupación impensable en el entorno en el que vino al mundo y a la que se aupó con notable esfuerzo personal. Sus dos años de servicio en la Fuerza Aérea británica lo introducen en su otra gran pasión: el vuelo, que lo transforma en piloto de ese avión particular indispensable para alguien cuya jornada laboral suele incluir saltos de miles de kilómetros.

Los primeros años de su trayectoria profesional -que le ha deparado las mayores distinciones de su disciplina, desde el premio «Mies van der Rohe» al «Priztker»- son una fecunda conjunción con otro de los grandes del momento, Richard Rogers. Ellos y sus mujeres integraban el denominado Team 4, que ya entonces postulaba una arquitectura abierta, de espacios reutilizables sujetos al cambio, anticipo de lo que hoy se llama «arquitectura sostenible». Pero su salto a la primera división de la arquitectura llegará en la década de los ochenta del siglo pasado, ya al frente de Foster and Partners, cuando el proyecto del Banco de Hong Kong y Shanghai lo convirtió en referencia de la arquitectura «high-tech», en la que la obra arquitectónica absorbe y exhibe con orgullo los avances de su tiempo. Es un estilo cargado de futuro, frío para algunos, de funcionalidad extrema y libre de todo aliño decorativo, que pone al descubierto la estructura del edificio, lo que le confiere un aire industrial y lo desnuda en el paisaje urbano. Una etiqueta, la del «high-tech», que, treinta años después, a Foster se le ha quedado corta.

En esas tres décadas no hay gran proyecto mundial que no haya cortejado ni récord arquitectónico que no le haya tentado. Foster ha conseguido acumular una obra variada y cambiante, adentrándose incluso en el terreno de la ingeniería, como ese viaducto de Milhau, el más alto del mundo. El premio «Príncipe de Asturias» de las Artes de este año transita con soltura por todos los registros constructivos, desde una cubierta de gasolinera hasta aeropuertos, en los que combina su doble interés por la arquitectura y el vuelo. Por su condición de artífice del nuevo Londres, la capital inglesa es un muestrario de la variedad de su trabajo, que incluye desde la reforma de emblemas como el Museo Británico o Trafalgar Square a la creación de nuevos iconos urbanos como la torre de la aseguradora Swiss RE, en el corazón de la City.

El Foster más reciente muestra las huellas de su paso por China y aparece deslumbrado por la pujanza asiática frente a la decadencia europea, lo que le ha valido las críticas de quienes consideran que, de forma implícita, sostiene que un régimen no democrático facilita y agiliza grandes proyectos cuya viabilidad, en otro contexto político, pudiera quedar comprometida por el debate público.

En 1996, siete años después de enviudar y padre ya de cuatro hijos, se casó con Elena Ochoa, la que fuera toda una figura mediática en España, veintitrés años más joven que él y con la que ha tenido dos vástagos más. A sus 74 años exhibe una plenitud de forma propia de quien es capaz de hacer el Camino de Santiago en bicicleta. Y la frescura de quien mantiene el apego al origen de su pasión.

Fuente: www.lne.es

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